No es un problema de opiniones. Es una certeza. China es ya un actor global excepcional, en todos los frentes, político, económico y comercial. Por todo el tiempo imaginable hoy. De modo que ningún país del mundo, y la Argentina no es una excepción, puede ignorar esta realidad. China, y en verdad toda Asia, son ahora pieza central de la estrategia geopolítica local con independencia de prejuicios e ideologías. Hay diversidad de opiniones entre los especialistas consultados. El primero en reconocerlo es Estados Unidos que concentra en la región sus esfuerzos diplomáticos y militares. Aunque ya no es una superpotencia única, hegemónica. Un episodio fue muy revelador de lo que muchos analistas venían sospechando: EE.UU. ya no puede moldear el escenario geopolítico del siglo, como lo hizo antaño. Se terminó el siglo de la superpotencia, dijo Michael Lind en su libro Land of Promise, una centuria que comenzó en 1914 y terminó en 2014 (Sin embargo, para el académico Joseph Nye pasarán muchos años antes de que su país ceda su rol de nación más poderosa de la tierra). En este contexto debe leerse el reciente desencuentro entre Washington y Londres primero, y luego la mayoría de sus aliados occidentales. A pesar del expreso pedido de EE.UU todos ingresaron como socios del nuevo banco de inversiones asiático liderado por China, competidor del Banco Mundial. Europa está estancada y enfrenta un serio problema de crecimiento y de adaptación a cambios vertiginosos que trae la tecnología y cambia los modos de producir. Algo similar a lo que le ocurre a Japón. Naturalmente nada de esto significa que Argentina renuncie a los lazos y oportunidades comerciales que ha tenido con estos tres grandes actores del escenario internacional. Pero debe concentrarse en China. Rusia es otro cantar. Con una difícil situación económica agravada por las sanciones europeas (por la crisis de Ucrania) y ahora con bajísimos ingresos por la venta de petróleo y gas, su principal fuente de ingresos, tiene otros problemas que atender. Como lo revelan los acuerdos a largo plazo de venta de energía a China y a India. El caso es que el poder se desplaza hacia el Océano Pacífico, y debemos encontrar un modo de reforzar nuestra presencia es ese ámbito. Durante muchos años imperó la idea de que el capitalismo sólo podía florecer en un sistema democrático. China y Singapur, sin embargo, son ejemplos que muestran el triunfo del capitalismo autocrático, un sistema que genera crecimiento económico mientras las democracias occidentales ni crecen ni brindan bienestar. El mundo occidental ha pasado del triunfalismo de los 90 a una profunda ansiedad sobre el futuro de la democracia. Los países, con diferente grado y matiz, temen que se esté acercando el fin de una época. Sobre todo esto versan las reflexiones de distinguidos intelectuales, que se detallan a continuación, y que exhiben un amplio abanico de opiniones diferenciadas. Multilateral y multipolar son palabras parecidas pero con distinto significado. La multilateralidad está asociada al sistema Naciones Unidas concebido en la posguerra, mientras que la multipolaridad refleja un nuevo mundo como el que está surgiendo, donde aparecen nuevos puntos de acumulación que muestran un escenario con nuevas voces y sin una única potencia hegemónica dominante. En este nuevo escenario que avanza en la consolidación de bloques, una de las prioridades debe ser trabajar para reimpulsar las integraciónes regionales, porque pretender navegar en solitario es en vano. A priori, multilateralismo e integración regional podrían percibirse como políticas contradictorias, sin embargo son totalmente complementarias. Os países debe seguir apostando al multilateralismo y multipolarismo, a la vez que en simultáneo debemos trabajar para fortalecer la integración regional. Este mundo multipolar nos ofrece como país opciones de asociación que antes no teníamos, permitiéndonos mayores grados de libertad y autonomía en nuestras decisiones. Por ejemplo, los acuerdos firmados por algunos países Sur americanos con China y Rusia nos permiten tener financiamiento para la construcción de grandes obras de infraestructura, acceder a la transferencia tecnológica e incrementar el comercio a destinos que eran muy difíciles hace tan sólo 10 años atrás e el fortalecimiento das suas relaciones bilaterales cobra cada día más importancia. Debem seguir trabajando y negociando para mejorar a sua balanza comercial y exportar bienes con mayor valor agregado, así como seguir impulsando inversiones que favorezcan el fortalecimiento do seu aparato productivo. En este sentido, es imprescindible lograr un mejor grado de coordinación al interior del Mercosur, la Unasur y la CELAC porque lhes permitiría una mayor potencia negociadora a la hora de defender os seus intereses estratégicos como países y región. Si bien, en la región existe una visión clara sobre la importancia de la integración persisten dificultades para profundizarla, sobre todo a partir de la última crisis mundial. Es claro que resulta más fácil avanzar en la integración en un ciclo económico expansivo, pero creo que es un error político-estratégico dar lugar a las posiciones más “autonomistas” porque así como los problemas de democracia se curan con más y mejor democracia, los problemas de la integración se solucionan con más y mejor integración. Y, en el caso del Mercosur, la clave no está en el intercambio comercial equilibrado sino que está en relación con la integración de cadenas productivas y de cadenas de valor.
Quanto al G20, Se trata del grupo de 19 países más la Unión Europea que, tras la crisis financiera que estalló en los EE.UU. en la década pasada, se constituyó en el ámbito más importante de concertación de políticas globales. Este grupo reúne aproximadamente cuatro quintas partes del PBI y la población mundial, aunque la cantidad de integrantes sea sólo un quinto de quienes integran las Naciones Unidas. Dentro del mismo se han perfilado tres bloques. Por un lado está el G7 integrado por EE.UU., Japón, Canadá, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia: se trata de las economías más desarrolladas de la actualidad y que fueron las dominantes en los años noventa. Dentro del G20, este grupo tiende a actuar como bloque en la mayoría de los casos. Por otro lado está el grupo BRICS, compuesto por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica: son los países emergentes que se transformaron en potencias económicas en la primera década del siglo XXI. También suelen coincidir en puntos importantes de la agenda global no solo en lo económico, sino también en lo político, como también sucede con los países del G7. Entre ambos grupos, y desde hace un par de años, comenzó a funcionar un tercero, el MITKA, integrado por México, Indonesia, Turquía, Corea del Sur y Australia. Son los países medianos en la escala global que buscan dar un espacio propio a los países medianos del G20. Arabia Saudita ha iniciado negociaciones para incorporarse y ello agregaría otra A a la sigla. Asumir protagonismo en este grupo de países medianos importantes y exitosos tal vez sea una manifestación del camino que outros países debem tomar en la década que estamos promediando.
China se ha convertido en la principal potencia comercial del mundo; y prevé importar USS 10 billones en los próximos 5 años, entre ellos, alimentos y en especial granos para la alimentación animal. Este rubro es de importancia estratégica central para la República Popular, porque su población experimenta una gigantesca transición dietaria (vuelco masivo al consumo de proteínas cárnicas), que es la más grande de la historia. El resultado es que el Gobierno chino estima que deberá importar 20% de su demanda de granos en los próximos 20 años; y por eso ha modificado su percepción de la seguridad alimentaria. Esta no es más sinónimo de autoabastecimiento, sino que ha adquirido ahora una dimensión global, que consiste en impulsar, a través de las inversiones, la producción en los países de mayor potencial. Soja y harina de soja son los insumos fundamentales de la alimentación animal; y 95% de la producción global tiene lugar en sólo 3 países: EE.UU, Brasil y la Argentina. Por eso, la Argentina y Brasil constituyen la principal plataforma de producción de proteínas del siglo XXI, y han adquirido un posicionamiento estratégicamente privilegiado en relación a China. La República Popular se ha convertido en la mayor fuente de capitales del mundo de hoy. Dispone de U$S 4,1 billones de reservas, surgidas de un superávit de cuenta corriente de 2,6% del PBI en 2014 (U$S 280.000 millones). Por eso, China prevé invertir U$S 500.000 millones en América latina en los próximos 10 años; y una quinta parte de ese flujo de capitales estará constituido por inversiones industriales. Los tres países de mayor desarrollo industrial de América latina son Brasil, México y la Argentina. De ahí que se profundice la inserción internacional de la Argentina, al igual que toda América del Sur, con China; y que el corredor Sur?Sur se convierta en el más importante del comercio global en los próximos 10 años. La política exterior de un país son sus objetivos externos y el sistema de alianzas que establezca para lograrlos. Así, por definición, siempre hay más de una opción de política exterior. Lo que no hay es una opción de política exterior fuera de una inserción internacional determinada. La política internacional es un mundo de realidades, no una ideología o una doctrina. Esto es lo que hace que China / Asia se haya convertido en el objetivo fundamental de la política exterior argentina en esta etapa de su historia, lo que significa sumarla ?con una prioridad menor? a la relación que mantiene con Brasil y la región, además de EE.UU. y Europa. Estos son los trazos fundamentales del posicionamiento argentino en el siglo XXI.